Madre María, te veo y lloro. Lloro porque me ha ido como el ajo, horrible, y tú ni te mueves, no mueves un dedo un por mí: eso está más que claro. Siempre permaneces tiesa y callada, como si fueras de yeso. Me he despedazado las rodillas delante de ti leyéndote mi petitorio y nada. Los que te veneramos con regularidad y enfermiza lealtad en este pueblo, somos mediocres o pobres como las ratas, sin mencionarte el tabaquismo y las tantas ofensas con las cuales estamos empantanados, como si fueran una costumbre sagrada perenne, una procesión. María, si continúas muda e inoperante, me iré con los maníacos que sólo le cantan a Jesús, a la Santísima Trinidad, con percusión y bailoteo bullanguero, y veré que sucede.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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