Se sube al microbús desde un resorte.
Aún está oscuro y no lo nota.
En el trayecto no habla, no siente nada.
El prójimo es un usuario más.
Demasiadas horas sobre cuatro ruedas,
demasiado tiempo casi muerto.
El regreso a casa generaría alguna esperanza inocua.
El microbús es el cementerio que nos pasea.
Por las ventanas se ve el desaire totalizante.
Las esquinas y las veredas siguen en el mismo sitio.
Cuando no me subo nadie se mortifica.
Un letrero publicitario cambio de color.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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