I
Al arribar el Creador en la estación del último escondrijo de tu ser, halla constelaciones de vanidades beneméritas y soberbias de alcurnia, que glorificabas en cada orto y rapsodia, obtusamente. Por piedad, Adonai te muestra la estrella más débil de tu caótico éter, apartándote del descalabro pulverizante o de una crisis de corte suicida y coxálgica. Tu petulancia emperifollada con zafiros y jaquecas no aguantaría enterarse de la extensión y señorío de tus escorias, atascadas en los soliloquios. Cada estrella exhibida, con la sintaxis extraviada, es un turista indocumentado que se pasea dentro de ti como Pedro por su casa, con robustas veleidades complacidas y contumeliosas, inmostrables en un bazar, en el belvedere. Debajo de la epidermis se albergan las encrucijadas que indagan a hurtadillas sobre el pórtico que brilla y brilla y no quieres poder verlo, y está ahí, con todas sus prerrogativas y galardones. O subes los peldaños, enamorado de la gracia, o caes de una vez desde tu guarida al despeñadero de los ángeles caídos, encartados y rematados.
II
Me despertaré abrumado en la mañana y no recomenzaré un pugilato ontológico con mi siquis. Nuevamente no cederé a la tentación de pensar en Ti una tarde plena y proseguiré con mi vida, que por ser mía no hay ventura y aquí estoy, con el corazón machucado y azarado, y fumando como un ecologista versátil.
III
Interpelas a la fe en el Redentor sin propuestas, brindando una gama de conductos sin escapatorias ni aireaciones, y lo que deambula internamente demanda una escalinata con petaquitas y replicatos. Tus ahíncos y dúplicas carecen de aroma y pretendes conminar a la teleaudiencia a beber el agua de tu repertorio atorrante ¿Es secularizable un principio moral?
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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