sábado, 14 de enero de 2017

Badulaque con bagaje de punta

I

El miedo es mi hipodermis, mi blandón, mi ergástulo, mi gobernalle, circunvalándome. Azorado estoy con: el nuevo período presidencial; esa carestía de cuerpo tan presente; las socarronerías de los elfos letrados; el craneo del ocio de avanzada; el geriatra augur; las reformas estructurales que nunca llegan; el desdén de las sanguijuelas arranchadas en mí; los radiogramas de la opacidad advocada con sus sartas de aedos y con mi encastillamiento abizcochado. El viernes me atemorizaré un poco más abestiándome con el billar y el copeo, y así no me enteraré en cinemascope que soy un motolito saledizo y pluralizado.

II

Cada vez que me fugo del miedo este me alcanza con sus tentáculos impetuosos y biliosos y sus replicatos. Mis certezas son un pigmeo ofuscado y me asusto antes de la partida y el cambio de plató me complica más. La confederación de espectros agudos son las cuatro murallas y el techo de mi jaula, y soy el bongosero ilustre de los descalabros. No correré otra vez para no tropezarme y los saetazos me engoman al suelo infecundo. Los síntomas me paralizan y me postean y al más mínimo empujón me derrumbo, ya que la última pateadura de la ringla no fue imaginaria ni concisa ni complaciente. El miedo toma el mando de mí y me remolca por callejones escorchados y con teomanía, maquillándome para el próximo culebrón brioso. A la fe que vive en mí le da vergüenza gritar por el altoparlante su optimismo de hollín.





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