I
Creen en sus supuestos chanfleados, en sí mismos, en sus onanismos de pizarrón, en sus crucigramas punteados. Otros apuntan al Gran Arquitecto o Ser Supremo y otros descargan su fe en la nada o en la casi nada, arrebatados por las rondas de vigilancia del secularismo. Todos creen en una teoría, en un fiambre o en algo. Es inadmisible e inhumano ser un incrédulo. La fe es el prekinder, la categoría primogénita. Sin fe es insostenible ser: un ateo, un agnóstico, un salvado. El que cuestiona una doctrina apuesta con fe a otra, a su antípoda, o a un símil o a algún primo remoto. Otros danzan embrujados a la diosa nada, al hado, al cerebro en sí mismo o a alguna figura humana o geométrica de yeso o de piedra caliza. Creer o no creer no es la cuestión. Todos creen. El punto de quiebre es: ¿en qué confiar, clarividentemente? ¿Qué plegaria transfigura el ser?
II
Mataron a Dios y aún no lo entierran, y los incluseros hacen filas interminables en cualquier sitio, pretendiendo encentar su desamparo enmarcado por esqueletos grises sin carne, y con el abismo como guarida sensata, según el fallo patriarcal del arcediano. El laboratorista probo actúa como arzobispo imbuido, deificando sus conjeturas flatosas, desdeños, musas y asmas. No te liberan de ningún sobresalto cuajado y jamás remontan a su opositor.
III
Es un ateo realizado, se mueve como un cisne real encopetado. Da charlas con su filtrada mudez también y su ego se desborda en cada estercolizo. Es muy solemne cuestionando la creación y si no le exhiben un dvd de Dios, Dios no es tal, aunque esté presente en la mesa redonda sin que se le vean las cejas. Los frutos estremecedores de la fe serían una sugestión, un perspectivismo.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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