I
Vuelo ungido y absorto por los intestinos del vacío cartereando evidencias para que desde la nada nazca al menos una diminuta esperanza o un machuelo. Nada hallo, nada atornillo y nada reverbera, porque en la nada nada hay, ni siquiera un tufo deslomado o desgalichado, o de otra forma ya no sería la nada, la nada misma. Relincho desengañado y avellanado: ¡nada por aquí, nada por allá! Como la nada nada es y nada genera, con nada me quedo y se cierra el arcón. No ridiculicen mi irreverencia disfrazada de modestia. Codiciando en la antecocina con una fe integrista que la nada por sí sola o por sí misma deje de ser nada y se transforme mágicamente en una partícula, una chispa o en un pirgüín, he derrochado años martillándome el casco. Nada merezco y nada gulusmearé porque después de la fenomenal travesía, la nada continuará siendo nada y sus enfermizos prosélitos unos hijos y mitrados de la nada… y nada más. Soy un retoño de la nada, de la nada enaltecida. Nada más el triple de nada es nada, sin esguinces. Nada cuesta entenderlo, todólogo arrastrapiés. Si rezan con el estómago en el adoquinado, la nada por ser nada nada inventará, excepto ovejas materialistas radicales que insisten con su corazón y ombligo elevados al cielo: ¡glorificada y sublimada sea la nada! La nada, como fuerza instauradora, es un disparate de la pedantería diligente y emperejilada.
II
A la nada le sobran adulones místicos, confederaciones y brigadas de lameplatos. Con su tozudo historial, la nada guía voluntades a la nada, malgastándose por nada. Por medio de una fe fantasiosa y nictálope, el ateo confía exaltadamente que ningún saber confiable camina por estos callejones descremados y camiseados. Enganchado a su descuadernada autorrevelación desdeña: los enlaces probados por los autos de fe; el complejo y feraz metabolismo de la redención; el cambio climático desde la isla de Patmos; los videos que repletaron el cañón del colorado con martirios, buenas obras y taquiraris; el amor que sobrevivió al complot luciferino; las bengalas y el incesante guitarreo de esa dimensión parcialmente tastada; las manucodiatas y los mimodramas del meigo.
¿Cuál es el embrión de las fluctuaciones del vacío? El nihilismo es un salterio impresentable. El vacío nunca estornudó, nunca niñeó. La polisarcia del púlpito del ateo es un publirreportaje.
III
¿Qué sería del papahuevos sin la nada? ¿qué sería de la cosmología local sin la nada? ¿qué sería de los tatarateos de los tarúpidos sin la nada? ¿qué sería de la ciencia exacta sin la nada? ¿qué sería de los paradigmas de Teseo sin la nada? ¿qué sería de la baba escofinada sin la nada? La nada nos da el aliento de un querube, nos vulcaniza en cualquier punto del recorrido, nos da una posibilidad de ser amados, nos da una antropometría antibacteriana, nos da un credo terco y atractriz.
IV
La nada transitaba por ningún lado paseando a su perro y repentinamente se puso imaginativa y ¡boom!, emergió el hidrógeno, el helio, el cactus, el sistema nervioso, la truhanería y la fe. Intentando encarrilar a la humanidad derrumbada la nada nos ha abastecido de cientos de disímiles videntes y lumbreras esteparias.
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