sábado, 14 de enero de 2017

En el túnel sin una vela

I

Rígido y melancólico en la otomana, con la biblioteca nacional entre tus brazos, tratas de persuadir con ruegos aguzados a tu alma tronzada y desnaturalizada que vana es la redención. El ulular interior no ablanda tu arrogancia consumada e ideologizada por la orfandad enmascarada de tu espíritu. Tus vetustos escrutinios son un goterón que te empalan sin peroratas.

II

Con la resignación consiento que se acabó, que la ampolleta del techo es el confín, que las ventanas son los únicos angelones. La lánguida situación es esta y es inmodificable. El mortal es el que se rinde, el deuteragonista, el que se cae de nariz, el desgranzado; el que cree que volará porque unos pocos vuelan. La esperanza juega en contra, con bríos. Si hay tres mil pilotos y ocho aviones en la pista, seguramente unos cuantos se elevarán con éxito. De tanto golpear a la resignación algunos sobreviven un poco más.

III

Trasgos y súcubos pernoctan en mí, mas no todos a la misma vez, generalmente. Cuando no es uno el que fastidia es otro, o las turbas férreas. Son los muros mismos de la morada; expulsarlos es una tarea de titanes. Todos juntos, te corrompen entero. Ninguno de ellos se ejercita en la piedad.

IV

En este gigante valle el único habitante soy yo ¿Quién poblará los otros cañones y colladías? ¿relamerán otros las constelaciones como yo? ¿cómo son por dentro esos otros? ¿cuál es la principalía en ellos? ¿cuál es el emoliente de una recidiva? ¿mi cuita rompe el molde?

V

El gusano no mastica la nombradía, sólo la ve desde la platea, a lo más ¿Quiénes militan en la gloria? ¿los que alzan la copa en un estadio lleno? ¿Cúanto cuesta? ¿posee una villoría? ¿Cómo compro un colofón lleno de dicha después del pitazo conclusivo e irreversible?



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