Estoy llamando al dolor. Su inevitable visita es con camas y petacas y su alfanje. Viene a tranco lerdo y con una bocina chillona. Los testarudos de linaje son sus primeros usufructuarios. Insisto en su presencia sádicamente, como si se tratara de un aumento en el sueldo base. Le invoco con vigor y le ordeno que se venga galopando con su mente puesta en el podio y en la hipotenusa.
Llamo al dolor y se acerca despacio, marcha atrás, murmurando toda la literatura del medievo. Por favor, no lo empujen ni lo incentiven. La vía Apia la recorre con el tacto de sus nudillos. No hay ninguna prisa por sufrir en este momento. Dilataré todo hasta ver al Omnipresente emberrenchinarse conmigo y aleccionarme. Algunos reflexionan con un surtido de latigazos al hueso.
Desde el fondo, estoy llamando al dolor. Ese apetito masoquista y lomienhiesto de implorar por variadas porciones de tormento belísonas, y ese empeño de no gambetear el trepidante chaparrón de hiel y de zurriagazos colegisladores. El pretérito me atosiga con un garrote. Mi currículum vitae y la placa de mis escrúpulos le transcriben polémicas conferencias a mi sesera. Alargo el jolgorio y teorizo con mi neoplasia y la papilla de insomnios demanda cambios radicales. Mi perforada alma lo intentaría de vez en cuando, posterior a una tronadura, mas mi carne no lo acoge ni como un bromazo festivalero némine discrepante. Se conjetura que recapacitaría con las alforzas poporoilas que me magnifican con una orquesta costarriqueña.
Estoy llamando al dolor. Sin representación diplomática, anuncia viaje oficial afincándose en el foco de mi ser, cargándolo, como exigiendo una paliza efectiva del mismo firmamento. Con memoria de elefante nada es olvidado y presumo de crecer cuesta abajo en la rodada. Una vez al año, la soledad es risueña, mas es soledad; en las otras oportunidades es lacerante, por ser soledad.
Sin electoralismos, sigo clamando por dolor. Soy el imán de esas turbulencias obvias anunciadas con sirenas de guerra y endoteliomas aprehensoras. El dolor y yo nos rastreamos con tal intensidad que convenimos en una cita dentro de este cuatrienio, invitando al destino con su índice de golpes en el bajo vientre, en la coronta verde de Adán. El inmenso vacío de mi espíritu no es abstracto. El dolor y mi pecado hoy son la misma persona, distintas de mí, y muy dentro de mí.
Sigo y sigo clamando por dolor. Éste se traslada a paso seguro y en línea recta hacia mí, sin haraganerías y sin pestañear, en cámara lenta y con los dientes afilados. Se me advirtió y me reí con los cascabeleros, Lucifer también se rió y con una jaba de vino de garnacha. La cosecha no solicitada se me ancló. El dolor es el puente no fantaseado para apernarse en el solar de la Santísima Trinidad y a ese contentamiento sempiterno que preludiaría ya.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
No hay comentarios:
Publicar un comentario