sábado, 14 de enero de 2017

El eje del postfuturo

I

Si nada hay luego de las exequias los pecadores no se preocuparían de fallecer y extinguirse. Se afligen con ardimiento y no lo publican, debajo de la almohada espoleadora, del gangrenado abúlico y depopulador. El rascarse el cráneo con monólogos lanosos y las colisiones dentro de la conciencia, generan los alaridos de un alma infinita y topeteada, que avisa su ahogo incoercible con silbatinas puntiagudas y socollones ¿Piensa tu alma que no eres eterno, que la muerte lo mata todo y que la arenización de los tendones es el gran y estruendoso final de esta obra? ¿Qué manía o conjetura te compele a certificar que la simple muerte lo mataría todo?

II

Alma desguabilada, ¿cómo te he tratado? ¿el desgrasante es una tahurería? Caminas cariacontecida y descorazonada empantanándote en la dubitación mantecosa, no traspasando el tablazón y ese arrumazón azabache que bloquea el manar del albor. Alma, ¿por qué esa cara de gato atropellado? ¿en dónde te acorazarás el fin de semana? ¿qué otro desvío te reclutará el viernes?

III

En el más hondo y atinado silencio y mirándome fijamente, desde afuera, advierto mi deshidratada vida con tersura y que esta no cesará con mis cenizas espolvoreadas en la rada de los marchitos. Mi cuerpo yacerá, mas no estoy subyugado a este blandengue y fugaz ropaje. Con el escepticismo práctico como liturgia obtendré un velatorio y las fogaradas como epílogo, la nada como feto, la congoja como interludio y el raciocinio como una ciencia divina recalcitrante ¿Continuará briosa mi canosa vanidad y mis vilipendios recetados?

IV

Huí del mundo y regresé a él en un tren bala. Me exilié y pocos se enteraron. De tanto gritar la palabra libertad me atoré con mi propio aire. El pintoresco y despeinado personaje que creé no dio resultados, y volví, y hasta mi rebelde motocicleta me lo agradece, con algazaras.



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