sábado, 14 de enero de 2017

La razón de la fe

I

El dogma de la fe nace de la gracia de la fe. El dogma de la incredulidad nace de la desgracia de la altanería conspicua. El dogma de no matricularse con ninguna afirmación es el más truculento y chuchumeco de todos los dogmas. El siempre deplorable y árido ateísmo es la expresión espiritual máxima de la arrogancia. La fe en el Redentor es inconmensurable y sublime y se cuelga al culmen del gozo de un solo estacazo. La razón ha rayado su chiquito campo de juego con un abismo insondable y melodramático, habitando en la pigmea y desoladora caverna de lo posible, lo probable y lo mamarracho, blasonando. En aplaudir lo que los intelectuales loan y en masticar lo que el gentío rumia no hay significación, fanales ni vomipurgantes. El sordo más espeluznante es el pensador presumido con una parlería de manso y humilde y escrupuloso. La inteligencia solitaria siempre termina en esa flamante sima desahuciada, agobiada de homenajes, condecoraciones, perforaciones inciviles, partidarios naufragados baturros y pordioseros engominados. La razón y la fe forman esa yunta que te arrastrarán a la santa cruz y a los anaqueles, a la complacencia y al cabeceo al filo de la navaja, a la cueca bien zapateada y a las pajuelas prendidas. Sin fe, las semillas son semillas, con fe, contratarás un cúmulo de cuadrillas de guardabosques. La razón es un círculo vicioso menguante ermitaño dedicado a evadir la emancipación del alma, mediante las más sesudas maniobras, enlabios y portazos.

II

La fe no es: el refugio de los cobardes y pisiricos; la panacea de los enclenques fogueados; la excusa de la injusticia cometida; la adarga de los estultos y perdedores.
La fe es: arriesgarse a tenerle fe a la fe; acoger al Verbo encarnado con un corazón de mantequilla; es ser honesto con aquello que no ves y presientes; intuir y actuar.
Los valientes pegan su dedo al timbre de la verdad.
La fe en el Manumisor te destierra de la infelicidad.
Creo, luego existo.
Creer primero, para ver y sentir la evidencia, y saldar así la gresca de los siglos.
A través de la epistemología y el raciocinio los tontos y analfabetos quedarían excluidos de la posibilidad de acordonarse al candil. El medio ecuánime y alcanzable por todos y en igualdad de condiciones, es la fe. Cualquiera adora a Dios, es sensato. Amarle es más que empapelar la oquedad. La contumacia es más granítica que la curiosidad.

III

Fe y razón juntas o ¿duda y sinrazón? La trascendencia como tal sería inadmisible, un pegamento de chiflados descalzos, una aventura desde el más acá. A continuación del salto vivificante es esquemática, proficua y pulquérrima. El hado de la duda locuela es la fe y el de la razón es inquirir con avidez y una mente abierta a los vulturnos, de quien es complemento y por qué resopla desinflándose, en cada caramanchel y merendero ¿Cuál sería la razón del no ser de la razón?

IV

La fe se divorció de la razón y el hombre es ahora libre y posmoderno. La razón arrastró al ser humano por los recovecos del oro de los tontos, rescatándolo de cadenas que no tenía, ofreciendo una paz bañada en sangre. Y sólo estamos a mitad del camino y ya la diosa razón nos lisia con la desesperanza, el nihilismo, las tarquinadas, la sandez dura y otras boscosidades. La fe se divorció de la razón y el hombre quedó encarcelado a deseos torcidos en el arenal de las miserias. La ansiedad señorea telepáticamente.

V

El despotismo sublime de la razón,
la intransigencia insuperable de los progresistas,
el absolutismo del humanismo laico,
los berenjenales de la incoherencia anunciada,
la intolerancia de los tolerantes,
los mechoneos y mecimientos de Artemisa,
los orinales del deseo.

VI

La razón no posee moral ni patria y sí devotos fanáticos. La divina razón reemplazó a la divina religión. Maquiavelo fue el segundo maestro, el Romano Pontífice el primero, con principios desligados de toda moral, que se subordinan a los vientos que soplan ahí. No hay mucha luz cuando se critica la superstición y la perversidad extremas. Todos los hijos de la razón terminan ciegos y atrapados en su lógica sin pilares. La descomposición mental cadenciosa es la madre de todas las edades de la Razón.










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