Las ideas ciertas reciben sus calorías y entremesiles de la nueva alianza y los ríos cuerdos, después de una cadena impepinable de porrazos no sazonados y sulfatados, siempre aterrizan en el ancho mar. Los pensamientos poéticos y patéticos y quiroprácticos que soñaron o deliran abrazar de pie la luna con una mano, están predestinados a convertirse en un lago confinado por las deliberaciones de la Historia. El océano es el paradero engalanado de las aguas pías que marcharon con sus atabales a la puesta de sol hasta besarle el pómulo izquierdo. Coquetos son los pantanos deturpados que escoltan el largo andar del viajero veraz y leccionista. Los preceptos lavoteados que convencieron a las masas, despreciando con altura de miras el oráculo divino, hoy ven aprisionados, el raso fluir de la verdad. El debate intelectual prominente en el fango es infecundo y la almohada altera tu espinuda y trasvolada armonía. El barranco adulón aportilla tus reflexiones descarnadas. Con el descarte de la encarnación de Dios, todo análisis tramita burocráticamente su declivio, y la conjunción tongada de estos forman el panteón de los anhelos cremados ínsitos e insolutos, y de los dioses miopes idolatrados o tontilocos. La montaña fue equitativa al darle a los presentes las mismas posibilidades de zambullirse en la verdad. La ideología punzante no se adentra en el mar. Su especialidad es chapotear en la orilla con brillantez, abnegación y con la toga palmada puesta e invigilada. Las conclusiones magníficas con sus escrocones se encarpetaron en una laguna académica incandescente y formalote, con la sequía con forcinas como superficie y fondo. La playa es el puente felpudo de sabios y halacabuyas. La sensatez se subyugó al evangelio amonestador.
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