I
Se bebe el dinero de las polainas de su descendencia, empinando el codo atenazado al viñedo. Sus manos son un brindis serial con o sin motivos creativos. Se cree astuto y avispado y no engaña ni al turnio micifuz del rayano. Antes de pagar las cuentas hogareñas, aparca su salario en la sacrosanta taberna. Abandona la cantina cuando el vaso evacuado le es una tara insoportable. Encolerizado, se desquita con el pasto. El mal olor y los connacionales no lo persuaden. Cree que es hacedero hundirse un poco más. Extravió su autonomía y su porfía sigue intacta. Por el bar dobla sus rodillas y su orgullo, por la restitución del alma no, ni sobrio.
II
Maleó todo lo que fue suyo y debería enjabonarse hasta la pubertad. Es el gran ciudadano desdorado de la nación y sus potencialidades no iluminan a nadie. Es una eclosión del predominio de Dios a pesar de la complexión de mi egolatría. El vicio le cascó y la criatura fue domeñada. Vaga por las calles opresoras pretendiendo un bollo, un cobertor, menos apatía estatal y un por que. Revestido de flagelos conspicuos danzantes, su desmadejada aurora es un desmán que lo embelesa sorbo por sorbo, pescozón por pescozón. Sortea sin boato esa misericordia que le pisa los talones con un para que
y el Gólgota.
III
El vicio es un sádico que colinda con un lazo, merodea en calcetones con presiones y prisiones, coquetea con embrujo y los dados cargados, soborna con saña y preguntas metafísicas y no suelta a nadie aunque le lloren encadenados a la reja. Antes de atacar, ferozmente, se repliega. El vicio alza su galardón triunfante cuando eres un muñeco salsero de trapos sucios o la causa de la bandera a media asta.
IV
Vendí la radio y las migas de mi conciencia por una dosis, por un trompazo,
con la cual me río y me río y me río cada vez que veo un perro con cuatro pies. Mi ausentismo acapara todos los segmentos del ser, de la entelequia, de la substantividad. Contrahíce los cimientos, me fume lo sacro desbaratando esos rayos alfa que conectaban mi cerebro, mi esencia, con tarántulas que marchan desde mis orejas, agitándome, irritándome, desorbitándome. De la risotada pegajosa a la apatía y del vigor a la languidez momificada, con mi voluntad en el pavimento, no infectada todavía con la buena nueva.
V
Dientes y dedos sucios por ambos lados, un aliento que demuele a los tenaces. Primera o segunda causa de las expiraciones, condición física venida a menos. La salud es breve, el bolsillo se empequeñece. Me muero por fumar. El que inhala es un candidato en seco al sarcófago lento y tedioso. El se moría por fumar. Cuatro cigarros finos escoltaron su ataúd. Su deseo fue cumplido a plenitud, con un coro polifónico y un cenicero de sacristán. El se murió por fumar.
VI
Aspirando cocaína a nada aspiro. Con el consumo de la caspa del diablo mis células cerebrales son un cochambre enalbado. La diosa blanca no posee súbditos, sólo esqueletos pintorescos y retobados. Con el alcaloide las pupilas se me ahogan y las sombras azogadas escoltan mi andar. Mi jefe es el alcaide, antes era el alcalde. Con la heroína me acobardo y tiemblo ante el prepotente albor.
VII
De bar en bar voy borrando la superficie de viejos manchones que brotan con los catecúmenos de la melancolía. Con un trago más rememoro hasta los trallazos de mi lactancia, el bodegón de mis insolvencias chillonas, lo insignificante que soy.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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