I
Es el arranque del gozo eterno o del pavor inextinguible, suscrito soberanamente. Irremediablemente nuestros sentidos hurgan más allá de la estrambótica necropsia y del dadaísmo.
Al cementerio se ingresa de manera muy ordenada, con una lápida en una mano y un fallo en la otra.
A cada resto óseo se le reserva un nicho psicasténico.
El fémur sobresaliente ignora los acontecimientos futuros.
En los lavados, el impenetrable final del pasillo no es una certeza dislocada o un Dédalo.
El objetivo específico de la muerte física es la gloria imperecedera del alma.
La tumba es la cuna, la hora cero.
El funeral jala por ser la bienvenida, aparatosa.
Eres neblina que se desvanece y quizás esta sea tu penúltima ducha de agua turbia.
En la próxima parada los puzles declinan.
O te subes al apolo mil o al deslizadero tuturuto.
De las dos portezuelas de evacuación del salón, una es anchísima, pluralista, intercadente y precaria.
II
Qué jeremiadas articularé en ese último minuto
en el que mi alma se despide de mi hechura.
Qué observancia me obsequia más con tan poco
o nada en el canasto, en el banquillo póstumo.
Qué rito me liberará de ese lazo que quema
a los que quedan en calidad de impíos.
Salvará la sangre preciosa a los que punzaron el evangelio
abandonándolo debajo de la acera adiposa?
Desheredaré el infierno con mi pecado predilecto
concertando carnavales en mí y en la rambla?
Por qué nos urgimos con los aparejos de lo cultivado
cuando el enterrador nos ve como un cliente inminente.
Por qué mi ego, convicciones y mis rascacielos sobre la arena,
no me traen ningún tipo de sosiego o baño turco.
Por qué con cada pelo blanco, ese termo llamado conciencia
arde excesivamente cuando estoy astillado.
Por qué no me río del concepto arrepentimiento
con tanto gusto y desembarazo, como esos mozalbillos.
Qué sucedería con mi reputación si adoro a Jesucristo
saltando ufano con una caracola en el limo.
Cuán criminal es acordarse de Dios en la ancianidad.
Por qué araño el cielo purísimo con menos irrespeto.
El príncipe de las tinieblas es un humanista obcecado.
El alma veranea relajada cuando idolatra al Nazareno.
Del blog índice LAS SOTANAS DE SATÁN
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