sábado, 14 de enero de 2017

Vine, no vi y me fui

I

Descendía por la escalera mecánica del mall y repentinamente me avejenté. Los trienios que embaulé se posan sobre mis omoplatos y mi ideario, y con los otros que ya me amohinaban, me conminan a sanear mi modus vivendi. Aterido a tres metros debajo del pasto me enrostran el llamamiento que obvié. Donde moro todo lo sé, al fin, y la política exterior de este distrito y los alegatos no son numularios ni un encante.

II

Nunca apetecí estacionarme en este lecho tan prieto y tabicado, ni siquiera por morbosidad virtual. Todo fue impensado y fulminante, mal improvisado, mal distribuido. El destino me acarreó a esta fosa a la mala. Me até al último pasamano en vano. Por mi mocedad este ítem lo veté. En el desayuno era un volatinero y mírenme, tieso como un poste enyesado y encarroñándome. Sé lo que es la impotencia y la corajina. Choqué tonta y fatalmente. No fue un accidente, fue una autodestrucción. Yo, yo, yo y sólo yo conducía mi vida. El prominente responso fue un escorrozo.

III

¿Los diablos vienen a mí? ¿o ya se alojan con aspavientos en mí? ¿o soy yo un demonio y no me he notificado? ¿o soy yo el retrato de las cuencas de mi ser y divago otra vez en medio de la niebla dacá?

No hay comentarios:

Publicar un comentario