sábado, 14 de enero de 2017

La depresión

I

En el sumidero de la incertidumbre y la desventura, la tristeza se ve mucho más abultada y enlutada. Las rememoraciones marcan con hierro candente el sombrío presente. El devenir, en vilo, es vacuo. El desnivelado vuelo dentro del hoyo es rasante. El tango es tu himno patrio y en el mediodía prendes velas. Compungido y con manos con pensamientos recusables. La respiración es el latido de tu desdicha firme. No comprendes lo que algunos dicen superar. Las terapias terrestres son inofensivas y Dios Padre no anhela que duermas en el techo de la casa del perro. La caravana de las frustraciones carcome los despojos de tu paz de paja molida incinerada con nafta. Eres un deprimido oprimido que no hilvanará ni contrarrestará las semillas de la barahúnda. El perro te cala y siente lástima por ti. No mires hacia atrás, hacia abajo o hacia el lado. Sólo debes mirar hacia arriba y hacia adentro. Si no despegas tus pupilas de la santa cruz las nebulosas desfilarán con su batuta al acantilado y a la ansiedad la arrollarán los élitros de la salvación. Túneles y pasadizos angostos afloran y se disipan. Calaveras espeluznantes te estrangulan y tu lepra maquina odiosidades que avivan con bravura ese descanso amotinado por la crisis melodramática. Los juicios científicos no tarifan las transfiguraciones. Son incapaces de rentar un albergue colindante con la Paz y jugar por diez minutos a ser feliz, curioseando al pormenor las losetas del pesebre. Te desmoronas, y un sol mofletudo te saluda.

II

Todo es hastío, también el estío;
voy por el desvarío, a paso frío;
no soy de la camada, de la hada;
en la cancha, no me dan manga ancha;
en el lecho, camino estrecho;
en la fiesta, no me abren la puerta;
en el desvelo, me arroba el hielo;
del suelo, soy el heredero;
en el despojo, no me miran de reojo;
en mi desván, muchísimos perecerán.

III

El desencanto no se corrompe: es fiable, tenaz, monoaural. No se doblega ni por mil zacutos de monedas de plata o puñetas. No se desenlaza ni abdica ni se desjunta, dando vueltas largas en su monorraíl. Es un tranvía con muchos vagones con felonías y con un arcoíris de sinsabores, que cantan trabalenguas con la boca cerrada.

IV

Cada uno divisó un fantasma, cada uno lo colorizó en forma sin igual. Se aparecen con el paso de la novia y bailan pericote en el confiable aire pardo. Unos son presentados como luminarias, otros, son la morralla de la barra. Cada uno ensalza su vista estelar y pasea a sus espectros, con donaire.

V

Me transporto a otro yo, uso la costilla notoria del escuálido, intento masticar su dieta y nada logro porque el otro yo soy yo mismo, una calavera barbián que todavía no se pone de pie y que diserta con un desparpajo forjado del existencialismo manufacturado y de los otros maniquíes.

VI

¿Qué es la iluminación sin un faro sobrenatural? ¿qué es de la liberación sin un libertador? Mi deseo de suprimir mis deseos es sólo un deseo. La muerte es la gran estación en el tren de la eternidad. La tumba es la sentencia ejecutoriada, la recogida irreversible, la romanza del adiós. La muerte no es un paria o un disidente.

VII

El mísero hombre nada domina y cuando es el centro todo es un desastre. Si ya estamos aquí, ¿quién nos trajo? Somos seres concretos combatiendo la ansiedad, intentando definir que es la esencia, lo relevante, aquello que es invisible y divino en el ser.




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